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20 abril 2011

Marchas cotidianas y desafíos de creación

Un acercamiento a la cuestión de las políticas públicas:

al rescate de la “carne” política de un tema en el centro de la agenda (parte 5 de 5) [1]

Néstor Borri *

5. Desde otros marcos de interpretación, otros desafíos de creación

La etapa actual invita también a pensar cómo lo que generó las grandes oleadas de participación democrática no fueron sólo las propuestas de organizarse y politizarse, sino que fueron las propuestas de políticas públicas que fueron al nudo existencial de la vida cotidiana. A las grandes masas de los años ’40 y ’50, las movilizó: primero, la participación que venía de los años anteriores; la acción de Perón desde la Secretaría de Trabajo; y eso se catalizó, 17 de octubre de por medio – movilización que, a la distancia y con todas las salvedades del caso, puede verse como afirmación y defensa de unos lineamientos muy precisos y abarcativos de políticas publicas– y luego en la compleja experiencia política, cultural e identitaria del peronismo.

Si hay algo que Perón tuvo, fue ver el estado real de los sectores populares en su momento y responder con una política pública que se plasmó como política global en torno al 17 de octubre y lo que de él devino.

Puestos en perspectiva: ¿Qué significaría pensar hoy, por ejemplo, a la Asignación Universal por Hijo como un equivalente de las mejores políticas sociales del peronismo? ¿Qué hay que hacer ahí para construir actores sociales y protagonismo popular, con ese ánimo y ese horizonte, desde esa política pública como escenario y como andamio? ¿Cómo traducir en inclusión política esa y otras políticas de inclusión?

Entre estos despejes (de la tecnocracia, de la despolitización, del "noventismo" sagazmente persistente, del miedo o el ataque al estado) y estos interrogantes (la felicidad de las mayorías, la historicidad desafiante, la inclusión política) nos toca decidir, crear, pensar y reasumirnos con la carne política y el talante público de las políticas publicas.


[1] El presente texto es la ampliación y desarrollo de una intervención realizada en un encuentro de formación política para jóvenes en el marco del ciclo Memoria, Derechos Humanos y Prácticas Políticas llevado adelante por el Espacio para la Memoria y la Promoción de los Derechos Humanos La Perla (Córdoba), el Centro Nueva Tierra y la iniciativa Cátedras Populares del Ministerio de Desarrollo de la Nación.

* Centro Mapas pedagogía/política www.mapas.org.ar nestorborri@gmail.com-

13 abril 2011

Las políticas públicas desde la experiencia política de las mayorías: implicación, acción, creación

Un acercamiento a la cuestión de las políticas públicas: al rescate de la “carne” política de un tema en el centro de la agenda (parte 4 de 5) [1]

Néstor Borri *

4. La experiencia política de los sectores populares y las políticas públicas

Para pensar la política pública en clave de felicidad hay que tener presente que, en este país, y en esta historia nuestra, la felicidad colectiva estuvo hecha, histórica y básicamente, de dos materiales: trabajo y Estado. Lo que hay que pensar es cómo históricamente los sectores populares, las mayorías en Argentina, se constituyeron, se movilizaron, se activaron en términos de reivindicaciones y también de propuestas y de decisiones para imaginar que podían hacer y disputar su felicidad colectiva, en torno a estas dos cuestiones.

Entonces, la capacidad de movilización de los sectores populares aparece en el lugar de, o en todo caso en tensión con las decisiones “meramente” técnicas.

En el momento en que pasamos de pensar de derechos y reivindicaciones a concreciones políticas tenemos que pensar en movilización. Pensemos en la movilización clásica, callejera –la más habitual– y las movilizaciones extraordinarias –como podría ser el 17 de octubre del ’45–. Pero también pensemos en otra manera más compleja. Pensemos de dónde parten esas movilizaciones y a dónde llegan. O sea: el movimiento sigue después de la plaza y viene de antes. Y pensamos las múltiples movilizaciones, todo lo que se mueve, se lleva y se trae, como demanda, como pregunta, como reclamo, como propuesta, como fuerza puesta en diferentes espacios, con variadas estrategias, con escalas diversas; para ir constituyendo una idea legítima de felicidad, y las posibilidad de disputar los recursos materiales y simbólicos que la sostienen.

Hay una cosa más para agregar. Porque esto que es la historia de nuestro país, puede ser también un mapa, un esquema en el cual leer la política pública. Desde la perspectiva de la acción es interesante ver que la política pública no es una cosa donde los actores que “ya están” definidos y constituidos, van y demandan. Por el contrario, ver cómo, en el seno de las políticas públicas, se generan esas cosas, los modos de demandarla pero, además, los mismos actores se constituyen en tanto tales... No se trata solamente de que en la política pública se asignen recursos, sino que cuando estos se asignan, se generan actores que a su vez los redefinen.

Entonces, nos preguntarnos: ¿en qué medida las políticas públicas de hoy generan actores con capacidad de disputa, de encaminar, de desbalancear los rumbos del país?

¿Para qué plantearnos estas preguntas? Para salir de un esquema que es interesante pero puede ser tramposo: en general, se nos dice que lo que la sociedad debe hacer es “incidir en las políticas públicas”… ¿Cuál es el problema de la incidencia? Primero, que justamente, define la dinámica como una cuestión incidental o acota los procesos a una idea deshistorizada de las demandas. Pero algo más peligroso que funciona en la propuesta de “incidencia” –tan cara a ONGs, a ciertos sectores de la academia y, en fin, al mercado– es que, sutil pero contundentemente, plantea una exterioridad de los actores respecto a la política. Desdibuja la posibilidad de involucrarse. En contraste, lo que proponemos es la idea de implicación en políticas públicas: la idea de estar y reconocerse adentro, de ser protagonistas de las mismas.

Junto con “incidencia”, la fórmula, completa suele ser más o menos así: “Para tener política pública participativa hay que generar incidencia. Y para generar incidencia hay que tener una ciudadanía activa.”

Lo interesante, y desafiante, es que acá también, en esta definición tan “amigable” de ciudadano activo, se repite algo de la exterioridad del sujeto y de la política: ser ciudadano activo es siempre ser el ciudadano que demanda al Estado desde fuera y, casi siempre, viéndolo como enemigo o, en el mejor de los casos, como un obstáculo a su realización. Desde afuera, y en lo posible, en contra. Lo interesante es que esos sujetos que hicieron del 17 de octubre su legado, decidieron que no iban a ser ciudadanos políticamente activos, sino que iban a ejercer la ciudadanía política pasiva que es ser sujetos políticos y conducir el Estado, ser elegidos por otros. Asumir la conducción del Estado e involucrarse en la conducción del conjunto de la sociedad desde un movimiento político es un modo radicalmente diferente de comprender la dinámica, donde, si acaso podemos seguir hablando de incidencia –quizás se puede– se hace en términos totalmente diferentes.

Y aquí vuelve a ser interesante pensar la política pública desde nuestras zapatillas, pero vislumbrar ahora dónde nos van a llevar estas zapatillas de acá a unos años. A nosotros mismos y a otros compañeros nuestros, a grandes sectores sociales que se reencuentran, desde diferentes lugares, con el Estado desde otra posición que no es la de enemigo, y desde otro lugar que no es el de la “exterioridad”. Ni siquiera desde la “demanda”, sino desde la creación.

Y así, plantear una manera de reivindicar, de demandar, de actuar, donde el Estado no esta “del otro lado”. No sólo porque no lo vemos como obstáculo o enemigo, sino porque los “lados”, las líneas demarcatorias que nos importan, son otras.

Asumir no una “incidencia” sino también y sobre todo la posibilidad, la oportunidad, el desafío y la exigencia de hacer las políticas públicas, por lo tanto politizarse y, muy específicamente, conducir el Estado. Un Estado que además hay que reconstruir y en muchos casos volver a plantear casi desde cero.

¿Qué significa? ¿Qué nosotros vamos a ser presidentes, ministros o diputados? No necesariamente, pero… ¿por qué no? Significa que nos podemos implicar de tal manera que y nos tenemos que imaginar que somos los que nos movilizamos reivindicando, pero también somos los que construimos el poder para en el estado, con el estado. Construyendo la acción política del estado que decide asignar recursos a los sectores populares. Poder ponernos también del otro lado de ese mostrador real e imaginario que durante años el neoliberalismo construyó como una frontera frente a lo corrupto o en todo caso lo ajeno, lo que debían asumir otros, fueran dictadores, fueran “políticos profesionales”, fueran “los corruptos de siempre”, “el aparato”. Esto implica romper esa línea-mostrador y considerar que el otro lado del mostrador también es nuestro. Y que no se trata de un mostrador sino de una frontera política que hay que atravesar en un viaje de construcción de poder popular Puede ser nuestro. Y sobre todo, que ha sido efectivamente nuestro: es la experiencia singular de los sectores populares de nuestro país, que cuaja en torno al largo trayecto del peronismo.

Estamos ante el desafío de poder pensar las políticas públicas no sólo como algo que exigimos y reivindicamos, sino como algo que nosotros como miembros del colectivo politizado podemos hacernos del Estado. Esto implica ser militantes o comprometerse en movimientos y organizaciones sociales, pero también (y es algo que nos cuesta) involucrarnos partidariamente y ponernos del lado de los que ejercen el poder, de manera real, y no de los que sólo reclaman o demandan. Cambiar nuestra posición relativa respecto de lo que es el poder y ver el lado de adentro ejerciéndolo.

Esto supone poder asumir las políticas públicas como una construcción colectiva que no se piensa desde ese mapa mental que nos han enseñado donde de un lado está el Estado y del otro están los movimientos sociales, la sociedad civil y lo que se suele llamar “la gente”. Ese esquema que, de manera a veces sutil y a veces brutal, nos niega la política. Esquema con sus versiones de izquierda que básicamente dice: “acá están los movimientos sociales que son buenos, acá está el Estado al que le pido, y acá están los partidos que nos traicionan”. Ese esquema no nos sirve a nosotros. Pero, más que declararlo, podemos decir que en la experiencia concreta de la Argentina, en nuestra historia, objetivamente, hay otra vivencia de otro camino y otros resultados, muy contundentes, de esa experiencia. Y podemos argumentar fuerte que esa larga y ancha experiencia tuvo todos los problemas que tuvo, justamente porque hizo carne en las mayorías, para las mayorías, una vivencia de felicidad colectiva que está marcada a fuego en la memoria colectiva de los sectores populares.


[1] El presente texto es la ampliación y desarrollo de una intervención realizada en un encuentro de formación política para jóvenes en el marco del ciclo Memoria, Derechos Humanos y Prácticas Políticas llevado adelante por el Espacio para la Memoria y la Promoción de los Derechos Humanos La Perla (Córdoba), el Centro Nueva Tierra y la iniciativa Cátedras Populares del Ministerio de Desarrollo de la Nación.

* Centro Mapas pedagogía/política www.mapas.org.ar nestorborri@gmail.com-

06 abril 2011

¿Desde qué zapatos?

Un acercamiento a la cuestión de las políticas públicas: al rescate de la “carne” política de un tema en el centro de la agenda (parte 3 de 5) [1]

Néstor Borri *

3. Desde qué zapatos reflexionar

Si queremos comprometernos políticamente, y efectivamente pensar en clave política y pública las políticas publicas, hay que sacar la cuestión de sus definiciones técnicas y mercantiles por un lado. Y, al mismo tiempo, ponernos en los “zapatos de los otros”, de la población en general. Ver las realidades desde sus vidas, sus trayectorias. ¿Por qué? Porque los “militantes” somos gente rara y somos pocos. Y muchas veces tenemos la fantasía de que el mundo está hecho gente que ve las cosas como nosotros. Y, además, suponemos que eso es lo ideal. Sin embargo, en primer lugar, eso no es posible; y, en segundo lugar, si se concretara sería, sino una pesadilla, acaso algo bastante poco ideal. Pensamos política y políticas públicas para y desde el conjunto de la ciudadanía, y muy especialmente desde la perspectiva de las organizaciones populares. Y no desde los pequeños círculos de convencimiento, de lucidez o de ideología en los que fácilmente quedamos encerrados y, a veces, presos. Lo mismo pasa muchas veces en las organizaciones sociales: las organizaciones son y serán siempre una parte, incluso pequeña, de la sociedad. Si pensamos una sociedad donde todos “participan en organizaciones”, erramos. Eso no va a suceder. Y no tiene por qué suceder ni necesariamente es “bueno” o “bello” que suceda. Una cosa es tener pertenencia colectiva, otra muy diferente “participar en organizaciones”

Todo esto va a cuenta de ubicar un horizonte y un lugar ético y de conocimiento para pensar las políticas públicas. En el sentido de asumir que las personas quieren vivir, no tienen necesariamente ideas y convicciones formuladas en los términos excepcionales, no habituales, en que solemos formularlas.

Entonces, más vale asumirse como una minoría, una parte que tiene una responsabilidad para con una mayoría que piensa en su felicidad. El tema es que nosotros tenemos la oportunidad, el desafío y también la exigencia de pensar la felicidad colectiva, la trama de decisiones políticas y especialmente estatales que la sostiene, en este momento de la historia.

Una vez que estamos ante las políticas públicas como haces, como manojos, abanicos, conjuntos, secuencias, tramas de decisiones por las cuales el Estado, respondiendo a demandas sociales, asigna recursos (financieros, materiales, institucionales, organizativos y simbólicos) a los actores y sectores de la sociedad; y una vez que reconocemos nuestro lugar ético y político respecto a las mayorías populares;podemos abrir preguntas con mejor perspectiva.

¿Qué actores y sectores de la sociedad formulan las demandas? ¿Cuál es la clave política para formular eso? Hay una cosa cognitiva, podemos decir epistemológica que se plantea acá: que no hay sociedad de por sí, sino que lo que efectivamente hay es pelea y disputa para definir qué es la sociedad y cuáles demandas pueden ser consideradas legítimas. Entonces, la felicidad misma queda conflictuada por distintas definiciones de sectores sociales, con múltiples disputas de recursos materiales y simbólicos que la sostiene. Ése sería un círculo para pensar.

[1] El presente texto es la ampliación y desarrollo de una intervención realizada en un encuentro de formación política para jóvenes en el marco del ciclo Memoria, Derechos Humanos y Prácticas Políticas llevado adelante por el Espacio para la Memoria y la Promoción de los Derechos Humanos La Perla (Córdoba), el Centro Nueva Tierra y la iniciativa Cátedras Populares del Ministerio de Desarrollo de la Nación.

* Centro Mapas pedagogía/política www.mapas.org.ar nestorborri@gmail.com-

21 febrero 2011

Un acercamiento a la cuestión de las políticas públicas: al rescate de la “carne” política de un tema en el centro de la agenda (parte 2 de 5)

Néstor Borri *

2. Desde la vida cotidiana y la experiencia de las mayorías populares

Un paso que acompaña este movimiento es el esfuerzo de pensar las políticas públicas desde la vida cotidiana. Especialmente de la de los sectores populares; contrastándola con la vida cotidiana de todos los sectores de la sociedad. Por ejemplo: ¿Cuántas políticas públicas hacen que cada uno de nosotros tengamos puestas las zapatillas que llevamos? ¿Qué hay de política pública en un chico descalzo? ¿Cuántas políticas públicas hace que se gaste dinero en unas zapatillas caras, y no en otra cosa? ¿Cuánta gente trabajo para que tengamos unas u otras? ¿Cómo las compramos? ¿Cuándo? ¿Cada cuánto puede un joven, o una familia, cambiar por ejemplo los pares de zapatillas de sus chicos? ¿Qué lugar ocupa en su marco de prioridades y posibilidades?

A ras del piso, y en la cercanía de la vida concreta de sectores concretos. Es un buen punto de partida. Tratar de pensar la cuestión comprendiendo que esa toma de posición del estado “surge de” y “va a” lo encarnada y crudamente concreto de la vida de las personas, de los ciudadanos. Y que así le da forma no sólo a las zapatillas, sino a los rumbos de la sociedad. Y a la vida de cada cual.

Así es que parar abordar las políticas públicas, de una manera significativa en la Argentina, hoy, un buen criterio es pensar cómo se organiza políticamente la felicidad colectiva, y en que momento esa felicidad está atravesada por la forma, las decisiones y los posicionamientos de las acciones del estado respecto a las cuestiones que, evidente o veladamente, hacen a la posibilidad de tener “una buena vida”.

Con todos los riesgos del caso, si tuviera que elegir una palabra que realmente nos ayude a pensar en relación a la política publica, elegiría felicidad. Sabiendo que cuando uno pone todo ese sintagma de palabras, ninguna palabra queda inmaculada, todas son tensionadas por las otras. Y uno sabe perfectamente que no es casual que, por ejemplo, la cuestión de la felicidad sea también un tema favorito del mercado y de los grupos concentrados. Tema del que nos habla una y otra vez desde su modo principal de posicionarse en medio nuestro: la felicidad es el tema central de toda la publicidad y el consumo.

Cuando felicidad y política se ponen al lado, en una frase, del verbo “pensar”, no se trata fácilmente de elucubrar y “pensar” nada más. De la misa manera que en la fórmula felicidad colectiva, ni lo colectivo, ni la felicidad se pueden expresar livianamente.

Entonces, el desafío de pensar rigurosamente, técnicamente también, sobre las políticas publicas, pero también pensarlas con mucha carnalidad, con mucha biografía individual colectiva, con mucha vivencia personal, grupal, familiar. Histórica. Marca historias, en el cuerpo de los sectores populares, la presencia o ausencia, o la direccionalidad de políticas publicas.

Y una cosa mas es bueno plantarse en esto, por su supuesto, desde un compromiso solidario, militante, generoso, altruista, pero hay un punto donde si uno no logra enganchar la cuestión política con los propios deseos de felicidad, podemos quedar entrampados.

Puede parecer egoísta, individualista… pero todas las palabras que nos parecen feas, las tenemos que recuperar… Incluso las que se presentan como las peores, por ejemplo: individualismo. El neoliberalismo que nosotros decimos que es individualista, si hay una cosa que hace es destruir a los individuos. Individuo significa “lo que no se divide”. Sin embargo, nadie mejor que el neoliberalismo para destruir al individuo. Y no es casual que las políticas sociales neoliberales, las llamadas focalizadas, han sido las que más han dividido individuos, realidades problemáticas. Paradójicamente, cuando proponemos políticas publicas en el área social, integrales, estamos recuperando la posibilidad de que los sujetos sean individuos, cosa que las políticas de los 90 tendieron a fragmentar al infinito.

De la misma manera, hay palabras que parecen buenas, que se asemejan a las nuestras, que parecen nuestras, que apreciamos, pero a las que vale la pena poner por lo menos bajo sospecha o, en todo caso, en clave reflexiva. Un ejemplo, casi a modo de provocación: la palabra participación. Siempre aparece el planteo de que las políticas deben ser absolutamente participativas. Frente a esto, para abrir una mirada más apropiada, basta decir quizás, que el neoliberalismo fue siempre participativo. Y muy especialmente con los más pobres. Si miran las políticas sociales de los ’90 invitaban ampliamente a los sectores populares a tener que participar para obtener al “precio” de la participación lo que deberían haber tenido por derecho. ¿Quiere decir esto que las políticas públicas no deben proponer participación o que la participación no es importante? No. Sí quiere señalar que hay diferentes modos y consecuencias de la participación. Sentidos políticos de la misma. Porque, así como hay que garantizar el carácter democrático y participativo de las política públicas; también hay que prevenir el hecho de que muchas veces los que quieren participar y direccionar son los sectores concentrados y el mercado, y los intereses opuestos a los de los sectores populares. Por eso, al reclamar políticas públicas participativas, siempre vale estar atentos a la funcionalidad de la participación en ellas: antes, durante y después de su ejecución. Esto es parte del gran trabajo de “filtrado”· que debemos hacer sobre todo el jugo neoliberal que impregna, aún hoy, nuestras discusiones y reflexiones.

Siempre la política pública como algo que nos atraviesa y que no tiene que ver solamente con nuestra militancia y nuestro compromiso con lo colectivo. Sino, más bien, con el momento donde lo colectivo nos atraviesa.

Poder reubicar, a la hora de pensar el altruismo, la generosidad en un punto donde no seamos analistas ni demandantes, sino protagonistas de las políticas públicas. Como ejercicio, pensemos, por ejemplo, cuál es en este momento la política pública más importante para la felicidad de cada uno. ¿Cuál es, para gente que ronda los 30 años, la política más importante? ¿Cuál habrá sido, entre los 15 y los 20 años, la política pública más importante? ¿Cómo se “arma” una juventud con política pública? Cómo es ese espacio de “moratoria”, de oportunidad para experimentar que algunas visiones plantean como la definición de lo que es la juventud: una “changüí” entre la niñez y la vida adulta, donde se da a los sujetos un plazo, una ventana de oportunidad para entrar con más elementos a las fase siguientes de la vida y al mundo de las responsabilidades adultas. Veamos por un momento a la juventud de este manera: como un espacio que se abre en esos términos, como un conjunto de oportunidades para sujetos que durante un cierto tiempo pueden estudiar “sin trabajar”, explorar lo colectivo sin tener que votar, explorar con el afecto y la sexualidad sin tener que formar una familia de inmediato. Y pensemos entonces ¿Cuántas políticas públicas hacen que hayan tenido o tengan esa moratoria? ¿Cuál es la trama que sostiene, el marco que abre esa ventana en las experiencias personales y colectivas de los sujetos que, entonces, y no sólo por la edad, podemos llamar jóvenes?


[1] El presente texto es la ampliación y desarrollo de una intervención realizada en un encuentro de formación política para jóvenes en el marco del ciclo Memoria, Derechos Humanos y Prácticas Políticas llevado adelante por el Espacio para la Memoria y la Promoción de los Derechos Humanos La Perla (Córdoba), el Centro Nueva Tierra y la iniciativa Cátedras Populares del Ministerio de Desarrollo de la Nación.

* Centro Mapas pedagogía/política www.mapas.org.ar nestorborri@gmail.com